El «otro lado»
Con el agua así de quieta cualquiera puede imaginarse ese «otro lado» del que habla «Stranger things«…
Con el agua así de quieta cualquiera puede imaginarse ese «otro lado» del que habla «Stranger things«…
En Islandia, por fin, pudimos caminar sobre un glaciar. Mola sentir cómo los crampones se agarran al hielo, ver cómo saltan pedacitos al caminar; es cansado, porque parece que tuvieras que hacer el doble de esfuerzo, pero también es impactante. Lo más alucinante es ver las grietas, interminables, por las cuáles podrías desaparecer si te cayeses en ellas…
Pero no hace falta caminar por los glaciares para encontrarse con ellos. El glaciar Vatnajökull, que si lo veis en un mapa es gigante, tiene unas cuántas lenguas que pueden verse desde la carretera. La de las fotos creo que es Jökullsárlón, y aunque no es muy grande (el Perito Moreno tiene una altura mucho mayor) sorprende porque puedes tocar los trozos de hielo que se han ido soltando y que flotan por el lago. Un paisaje impactante.
Desde el camping de þakgil sale una ruta que te lleva por un camino en continuo ascenso hacia lo alto de la montaña. Ya desde el comienzo llama mucho la atención el color de la vegetación que se encuentra a lo largo del camino; es de un verde que aquí no existe, muy intenso, casi fosforito. Las montañas también tienen una forma extraña, como si estuviesen recubiertas de estrías verticales, y son escarpadas, con salientes y extrañas formaciones.
La primera parte es prácticamente de continua subida, pero las vistas, sin duda, merecen la pena. Además, el tiempo acompaña (es algo así como cuando nuestro otoño se va convirtiendo en invierno). A lo lejos divisamos dos personas, que caminan sobre el filo.
Según vamos contorneando las cimas, nos cruzamos con los dos senderistas que avistamos a lo lejos; son una pareja de turistas alemanes, de avanzada edad. Proseguimos la ruta para llegar a la montaña que antes quedaba a nuestra derecha, para descubrir una lengua glaciar que se asoma por un collado. A estas alturas la niebla ha bajado y ha comenzado a lloviznar. Ascendemos un pequeño remonte y, a lo lejos, frente a nosotros, se divisa el glaciar. Está ahí, aparentemente cerca, silencioso, inmenso.
Nos acercamos. Es impresionante. Allí parados, bajo la lluvia, podemos sentir el viento frío que nos trae. Estamos solos frente al glaciar, y la sensación es indescriptible. Me sentí pequeña frente a su inmensidad, grande por formar parte de ese momento.
Tan sólo por esa sensación habría merecido la pena el viaje.
En varias ocasiones en nuestro road trip por Islandia decidimos parar allá donde veíamos montones de coches, porque aunque no estuviera esa parada en nuestro planning podríamos ver algo cerca de la carretera principal (si hay muchos coches es que no hay que andar mucho, jeje).
Una de estas paradas fue en un punto entre el volcán de nombre imposible y el pueblo de Vík í Myrdal. Detrás de una pequeña colina nos sorprendió encontrar una lengua glaciar, la primera que vimos en el viaje, cuya principal particularidad es que no era blanca, si no que estaba manchada de gris. Más tarde nos enteramos de que está así desde la explosión del famoso volcán en 2010, momento en el que quedó cubierto de ceniza.
Si bien nunca es igual estar físicamente en un lugar que ver una foto del mismo, con el Perito Moreno esta disociación es aún mayor. Haber podido ver in situ un glaciar es, muy posiblemente, una de las experiencias más increíbles que he vivido. No hay palabras ni imágenes que puedan describir la magnitud de este paisaje, la impresión que produce verse frente a algo tan brutalmente grande, la sensación de frío a pesar del sol, sus desprendimientos y los sonidos que producen…
Sin duda, un lugar que conocer de primera mano.